Los recursos que teníamos escaseaban, la provisión que recibía de la iglesia había cesado, llevaba cuatro meses sin pastorear y sosteniéndome, junto a mi familia, por la misericordia de Dios. Uno de mis primos me dijo: “¿Y de qué van a vivir?”. “De la palabra de Dios”, le contesté.

Ninguno de mis familiares entendía lo serio del llamado, pensaban que era algo pasajero, todos hacían un gran esfuerzo para que no nos saliéramos de la atmósfera que dirigía a toda la familia. Aunque no sabía cuál sería el siguiente paso que debía dar, me determiné a no moverme hasta haber escuchado a Dios. Al poco tiempo vino la respuesta tan anhelada. Él me habló en el momento menos pensado, y me dijo: “Sueña con una iglesia muy grande porque los sueños son el lenguaje de mi espíritu, porque la iglesia que tú pastorearas, será tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar que de multitud no se podrán contar”.

Al mes de esa promesa dimos inicio al ministerio de la Misión Carismática Internacional. Durante todos estos años hemos visto que el Señor es fiel a Su promesa.

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20 AGOSTO · EL REMEDIO EFICAZ

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