En nuestros tiempos turbulentos se habla mucho acerca de la crisis del liderazgo en todos los órdenes de la sociedad. Es una palpable realidad. El mundo entero reclama dirigentes íntegros; mientras que en el núcleo familiar, los hijos reclaman que sus padres sean responsables, como también los padres ansían el respeto de sus hijos. En otros términos, dondequiera que miremos se están buscando influencias positivas para darle la dirección correcta a la vida del ser humano.

El líder genuino es consecuente con lo que dice y con lo que hace. El concepto de liderazgo sugiere la idea de influenciar en otros hasta el punto de conseguir un cambio en ellos. Indudablemente, es un cambio que puede ser positivo o negativo, todo va a depender de la perspectiva bajo la cual se lidera. Pero nuestra tarea como líderes de fe en Jesucristo es siempre inclinar la balanza hacia el firme sustento de principios y el establecimiento de valores, esto significa que nuestra influencia debe ser siempre positiva. La gente se siente dirigida y liderada cuando tiene la oportunidad de cambiar para bien y de proyectarse en todas las esferas de su vida.

Ellos mismos se han encargado no sólo de cobijarse bajo un liderazgo sino también de formarse para compartir con otros los principios que los han beneficiado en su edificación personal y que les han permitido obtener muy buenos resultados. El liderazgo procura lograr que voluntariamente cada quien oriente sus energías hacia la realización de los sueños anhelados, mientras recibe la motivación de otra persona que le sirve como dirigente, guía, mentor, modelo. “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:9).

Ningún cobarde podrá tener una escuela de valientes, tampoco un valiente podrá tener una escuela de cobardes. Si queremos formar líderes valerosos y multiplicar nuestro ministerio, quien los capacite debe ser una persona valiente, alguien sin temor ni inseguridad, sin complejos de inferioridad ni de superioridad, sin egoísmo ni rencores. Debe ser dueño de sí mismo y tener la fe necesaria para la conquistar las multitudes.

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1 MAYO · LA BENDICIÓN DE LA MULTIPLICACIÓN

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