«Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?» Números 23:19

El inexperto joven aspirante a piloto realiza su primer vuelo de prueba. El objetivo viajar a una ciudad a mil kilómetros de distancia solo, sin copiloto, y llegar sin contratiempos. Un poco nervioso repasa algunas recomendaciones dadas por sus instructores. Al despegar todo marcha sin novedad pero al poco tiempo su pesadilla se hace realidad, una terrible tormenta envuelve la nave, el cielo se torna nublado y la visibilidad desaparece.

¡Invadido por la angustia se olvida de las instrucciones dadas por sus maestros! El pánico lo atrapa. Angustiado, utiliza su radio de comunicaciones y llama a su instructor: “¡Auxilio! ¡auxilio!”, gritaba aferrándose a la vida. Su instructor le pregunta en tono tranquilo y pausado: “¿Alguna novedad?” – “¡La turbulencia es muy fuerte y no tengo visibilidad!”, responde el inexperto joven.

Su instructor que volaba en otra aeronave trata de tranquilizarlo recordándole su entrenamiento: “¡Observa los instrumentos, mantén la calma!”. En resumen las palabras del instructor tranquilizaron al joven, recuperó la calma, pudo recordar su entrenamiento, controló su avión y llegó seguro a su destino. Estamos en un viaje por la vida, nuestro instructor es Jesucristo.

A veces circunstancias turbulentas intentan alejarnos del camino y hacernos perder el rumbo. Las promesas de Dios son ese faro que no nos dejará perder. En el momento menos esperado vendrá la paz y entenderemos que los vientos impetuosos son pasajeros y que nuestra vida siempre ha estado a salvo porque quien la dirige y la sostiene es la mano del maestro.

Las promesas se harán realidad y nos alegraremos de haber podido resistir. Dios nos da la capacidad de aprender y de entender que sobre nosotros está también la promesa de fructificad y multiplicaos, la esterilidad no es parte de una vida que camina en el propósito.

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19 MARZO · VIVIENDO EN LA PROMESA DE LA PALABRA

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