“Después subió y se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre las manos suyas; así se tendió sobre él, y el cuerpo del niño entró en calor” (2 Reyes 4:34).

Eliseo recibió la doble porción de la unción que había posado sobre Elías. Cuando hablaba, su palabra era expresada con autoridad y poder. Aunque la mujer sunamita era una persona muy importante, reconoció la unción que había sobre el profeta y le abrió las puertas de su casa, preparándole una habitación para descansar. Ella lo hacía de una manera desinteresada; sin embargo, el profeta quiso retribuirle su amabilidad. Supo que no tenía hijos y le trajo la promesa de parte de Dios, que en un año tendría un niño. Y así fue.

Pasado algún tiempo, el niño enfermó y murió. Aquella mujer se sintió sumamente afligida por la muerte de su hijo, sin embargo, con determinación, decidió acudir al profeta en busca de una respuesta a su situación. Eliseo tomó conocimiento del asunto y se propuso orar con una fe determinante.

En cada situación, Dios actúa de una manera diferente. Aquello que había funcionado para Elías, fue una enseñanza para que Eliseo anduviera en sus mismas pisadas. La situación no era nada fácil para el profeta pues, aunque mandó a Giezi a poner su báculo sobre el rostro del niño, nada aconteció. Ese bastón o cayado tipifica las enseñanzas que carecen de gracia o de unción, que no logran impactar los corazones de las personas.

El profeta asumió de manera personal la causa de la aflicción de esta familia y la hizo su carga de oración. Eliseo estaba determinado a que Dios le revelará la forma más eficaz para interceder por el asunto. Estaba dispuesto a hacer lo necesario, con la confianza de que el niño regresaría a la vida. La amabilidad de aquella mujer hacia el profeta en el pasado, era un argumento poderoso a su favor en el mundo espiritual.

Eliseo estaba decidido a creer que Dios le respondería pronto. El cadáver yacía sobre su cama; sabía que no podía ser indiferente a esta situación. El profeta no iba a acostarse sabiendo que había una persona muerta a su lado; entonces, debió quedarse velando en oración hasta que el milagro sucedió.

“Después subió y se tendió sobre el niño” (v.34). Eliseo puso en acción toda su fe y decidió unir su cuerpo con el cadáver del niño; lo hizo de tal modo que juntó sus ojos, su boca y sus manos con las del pequeño, para que el cuerpo entrara en calor y recobrara la vida.

Aquella mujer no quería que el profeta la compadeciera, sino que clamara a Dios para que su hijo volviera a la vida, razón por la cual puso el cadáver de su hijo en el mismo cuarto del profeta. Él decidiría si lo sacaba o si se determinaba a orar por un milagro. El profeta se inclinó por la segunda opción.

¿Cuántas veces encontramos personas que comparten nuestro cuarto, nuestra casa y están cerca de nosotros, pero se hallan muertas espiritualmente, y ni siquiera nos damos por enterados? Así como el profeta Eliseo se propuso estar en contacto con el cuerpo de este niño hasta que entrara en calor, del mismo modo debemos hacer con aquellos que necesitan de Dios. Entrar en contacto con ellos y, a través de la Palabra de Dios, desatar vida hasta que entren en el calor del Espíritu Santo.

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19 JULIO · LA ELECCIÓN ES NUESTRA

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