La Cruz del Calvario fue un intercambio divino y preestablecido por el mismo Dios. Todo lo malo que nosotros éramos recayó sobre Jesús para, que todo lo bueno que Jesús es, viniese sobre nosotros.

Por horas, Jesús permaneció colgado en la Cruz. Cada respirar era una agonía, pues para lograrlo, debía apoyarse en uno de los clavos que había atravesado sus talones, y el dolor por la opresión de los tendones era insoportable. Sumado a esto, contrajo fiebre a causa de la infección producida por las heridas en todo Su cuerpo.

Su vida fue menguando poco a poco. Su sangre, gota a gota iba cayendo a tierra. Allí permaneció hasta saber que la obra encomendada había sido consumada.

El lograr captar este cuadro en nuestra mente será de gran ayuda cuando más lo necesitemos; pues nos muestra como el Señor absorbió toda nuestra iniquidad y toda nuestra maldición, destruyéndola de una vez y para siempre. Cuando recibimos esta revelación, se opera el milagro del intercambio. Todo lo malo que nosotros hayamos sido es absorbido por el poder de la Cruz de Jesús. Dios toma esa naturaleza rebelde y pecadora, para llevarla sobre el cuerpo de Su Hijo Jesucristo.

Todas las bendiciones de Dios vendrán a ser nuestras cuando le hayamos dado toda nuestra vida a Él. Jesús dijo: “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío” (Juan 17:10). Para que toda la bendición de Jesús llegue a ser nuestra, primero debemos rendir toda nuestra vida ante Él.

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