El Dios del cielo es un Dios que responde a nuestras necesidades, es un Dios que cambia las circunstancias positivamente, y que llama las cosas que no son como si fueran; es un Hacedor de milagros, pero se relaciona y tiene intimidad solamente con aquellas que tienen fe.

Abraham conoció a Dios como Jehová Jireh, o el Dios proveedor; Moisés como el que libera a Su pueblo de la opresión, David como Su pastor y por eso confesó que nada le faltaría. Elías el profeta lo conoció como el que libera al pueblo de la apostasía; Mateo como el Mesías prometido; Juan como el Hijo de Dios; Pablo como el Cristo crucificado.

El Dios del cielo es un Dios compasivo y amoroso que desea nuestra plena felicidad. El deseo de Dios es que cada uno de Sus hijos reciba la habilidad de creer en Él para ver lo imposible hecho posible; Jesús lo expresó de esta manera: “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados” (Juan 9:39).

Dios abrió los ojos espirituales de Sara y Abraham para que alcanzaran a ver su descendencia, la cual era tan numerosa como lo son las estrellas del cielo y la arena del mar. Al Señor le plació, que por medio de la fe, cada uno de sus hijos puedan conquistar todo aquello que desean, pues todo lo que necesitamos ya existe, pero aún no se ha manifestado en el plano físico, sino en el espiritual, y para que cada una de las bendiciones que anhelamos se hagan realidad, debemos verlas primero con nuestros ojos espirituales.

Al conocer al Dios del cielo, por medio de Jesús, nuestros ojos espirituales se abren y Él alumbra nuestro entendimiento para permitirnos alcanzar cada una de nuestras metas.

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19 ABRIL · LA RECIPROCIDAD DEL AMOR

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