19 DE JUNIO · LA BÚSQUEDA MÁS IMPORTANTE

El Titanic, orgullo de la marina inglesa, el barco más grande y más precioso construido hasta aquella época (abril 15 de 1912), levaba a bordo 2224 personas en el viaje transatlántico que se hundió durante la noche al chocar con un enorme témpano de hielo. Esta fue la más fatal de las catástrofes marítimas en tiempo de paz, perecieron 1513 personas, entre ellas, el Rvdo. Juan Harper, de Glasgow, que venía a predicar a la iglesia de Moody, en Chicago.

En esa noche trágica, meciéndose a merced de las olas y agarrado a una tablilla, se hallaba el misionero Juan Harper, cuando un joven que corría la misma suerte, milagrosamente se acercó a él; el siervo de Dios, aprovechando ese instante le dijo:

-– Amigo, ¿es usted salvo?

-– No – respondió el joven.

-– Pues acepte por fe a Cristo como su Salvador.

Se separaron. Al rato, providencialmente, las mismas olas que los habían separado, los volvieron a juntar, y otra vez el fiel cristiano le dijo: -– Amigo, ¿ya recibió a Cristo como su único Salvador?

-– Todavía no – contestó el joven.

-– Pues hágalo ahora.

Nuevamente se separaron y un minuto después una ola gigantesca cubrió y sepultó al buen siervo de Jesús.

Cuatro años más tarde, en un servicio religioso en Hamilton, un joven escocés, sobreviviente del gran naufragio, se paró a testificar, y dijo: “Yo soy el último convertido del Rvdo. Juan Harper; me convertí la misma noche del desastre del Titanic”.

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