Jesús nunca vio el trabajo con los doce como una carga o una tarea pesada, por el contrario, disfrutaba cada momento que podía compartir con ellos. Sus discípulos lo amaron porque veían Su sinceridad y Su dedicación hacia cada uno de ellos, pues llegaron a captar toda la atención de Él.

A las demás personas Jesús les hablaba en parábolas, pero a ellos les revelaba todas las cosas. Fue tal la impartición de vida que el Señor les transmitió que luego la gente veía en ellos los mismos rasgos del Maestro (Marcos 14:70).

Antes de ascender al cielo, el Señor reunió a Sus discípulos y observó que faltaba algo para culminar la obra en ellos. El soplo divino para que pudieran hacer el trabajo evangelístico en las diferentes naciones de la tierra. Por eso les dijo: “Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:21·22).

Aquellos apóstoles al tener contacto permanente con Jesús, fueron viendo en Él un modelo a imitar. Aunque todos eran conscientes de que no podrían superarlo, querían esforzarse por igualarlo. El Apóstol Pablo dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1).

A través de cada uno de ellos podemos ver la extensión del carácter de Jesús y el cumplimiento de la promesa de Dios.

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18 MAYO · EL PODER DE LA PROMESA

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