18 DE NOVIEMBRE · EL PROTECTOR

Al final de la primera guerra europea, un destacamento de soldados ingleses esperaba entrar en un pequeño pueblo cerca del Rhin, en Francia, cuando repentinamente un soldado salió corriendo de un edificio gritando: “¡Alerta!”, instantáneamente una descarga de rifles le dejaron muerto en el suelo.

Con esta heroica advertencia salvó a la compañía de una emboscada. El destacamento luchó haciendo retirar el enemigo y pronto se supo la historia del que les había salvado. Era un soldado de la guardia real irlandesa, prisionero de los alemanes quien conociendo los planes del enemigo esperó el momento oportuno y sacrificó su propia vida para salvar la de muchos compatriotas.

Reconocidos y conmovidos, los ingleses le dieron una buena sepultura, poniendo sobre ella una cruz con este texto: “A otros salvó, a sí mismo no se pudo salvar”.

Estas fueron precisamente las palabras que los judíos lanzaron contra Cristo cuando estaba pendiente de la Cruz. No pudo salvar a otros y a sí mismo a la vez, y prefirió sacrificarse Él en favor de otros, incluso de aquellos que le crucificaron.

Fue Su muerte la que conquistó nuestra salvación, fue Su amor que nos predestinó a ser llamados hijos de Dios.

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