Ana, la madre del profeta Samuel, fue una mujer que anhelaba caminar en la presencia de Dios. Aunque experimentó la humillación y el menosprecio de su rival, quien la afligía a diario por su esterilidad, Ana de una manera osada pidió a Dios que le hiciera justicia concediéndole ese hijo que tanto anhelaba, prometiendo que lo dedicaría a Su servicio todos los días de su vida.

Dios le concedió el milagro y fue saciada su alma (1 Samuel 1:6·20). David aprendió a depender de Dios desde muy joven; toda su fuerza estaba en el Señor. Cuando tuvo que enfrentar al gigante Goliat, lo hizo movido por el celo de Dios que había en su corazón, no pudo aceptar la idea de que Israel fuera intimidado por un impío. Peleó con valor y Dios lo respaldó en todo. Luego tuvo que enfrentar la injusta persecución del rey Saúl y, por muchos años, vivió huyendo de él.

Fue en momentos en que se sentía desfallecer, cuando David dijo: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?” (Salmos 42:2).

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17 AGOSTO · UNA ORACIÓN SINCERA

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