17 DE JULIO · VALORANDO LA REDENCIÓN

Hay hechos en la vida del ser humano que lo marcan y alteran el rumbo de su destino. Recuerdo dos situaciones que marcaron mi vida para siempre. La primera fue la muerte de mi hermanito menor a sus cinco años de edad. Era el ser más especial para mí, todos los días jugábamos juntos aunque contaba con tan solo diez años de edad, me sentía su protectora porque compartíamos la mayor parte del tiempo. Cuando mi papá me dio la noticia de que se había ahogado en la piscina de nuestra casa, sentí que todos mis sueños e ilusiones se desplomaban en un instante. La vida había perdido su sentido, pues no quería vivirla sin tener a mi hermanito a mi lado y desde ese día cambié mucho.

Fue tan fuerte mi reacción que no pude llorar. Me convertí en una jovencita retraída que no podía expresar sus emociones, siempre enojada y amargada. Crecí diciendo dentro de mí “¿Por qué Dios permitió que sucediera? Cuando ya estaba por cumplir quince años llegó lo que tanto necesitaba. Y fue conocer a la que hoy en día es mi mejor amiga; Manuela Castellanos; quien se acercó y me compartió de Jesús. Al poco tiempo fui a un encuentro. Al comienzo, mi corazón estaba endurecido, me sentía enojada, pensaba sólo en irme del lugar. Luego la pastora Johanna me dijo: Dios te trajo a este encuentro, hoy tienes que abrir tu corazón para que Él pueda cambiar tu vida. ¡No tienes nada que perder!” En ese instante determiné abrir mi corazón y hablé con Dios: “Si en realidad tienes un propósito al tenerme en este lugar, haz algo en mi vida ahora”.

La siguiente charla cambió mi vida. Me senté adelante y escuché con atención, predicaban sobre la Cruz. De repente, sentí que las lágrimas brotaban de mis ojos. Dios estaba sanando mi corazón, lo quebrantó, sanó mis heridas y trajo un genuino arrepentimiento. En esa ministración tuve la revelación de la Cruz y mi vida fue transformada.

Ashley Lawrenson

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