17 DE AGOSTO · ENTENDIENDO EL PROPÓSITO

Cuando yo era capellán del ejercito atendí a un soldado moribundo, al cual ya conocía, y le pregunté si quería enviar a su madre algún mensaje. Me contestó: “Sí. Por favor dígale que muero con toda felicidad.” Le pregunté otra vez si quería algo más, y me dijo: “Si. Escriba usted, por favor, a mi maestra de la escuela dominical y dígale que muero como cristiano, fiel a Cristo; y que nunca olvidé las buenas enseñanzas que ella me dio”. Yo conocía a esa maestra; así que le escribí.

Pocas semanas después la maestra me contestó: “Que Dios me perdone! ¡Que Dios me perdone! Pues hace un mes renuncié a mi cargo de maestra de escuela dominical, porque pensaba que mi trabajo con esos niños no servía ni valía para nada… e impulsada por mi cobarde corazón, y por falta de fe, abandoné a mis alumnos… y ahora recibo la carta de usted en la que me dice que mi enseñanza fue un medio para ganar un alma para Cristo. ¡Estoy decidida a trabajar otra vez en el nombre de Cristo, y le seré fiel hasta el fin de mi vida!”.

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