El Señor Jesús dijo: “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10b). Para el pueblo de Israel, conquistar la tierra de Canaán significaba apropiarse de la totalidad de la bendición que Dios tenía reservada para ellos. Lo único que podía ayudar para que la tierra de Canaán les perteneciera, era obedecer cada palabra dada por Dios. Lo mismo sucede con los creyentes el día de hoy, pues Dios ha reservado una tierra de promesas que al ser reveladas por Su Espíritu, se convierten en ese territorio que nosotros debemos conquistar por la fe.

San Pablo dijo: “Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (2 Corintios 1:20). Al creer con el corazón y confesar con nuestros labios Sus promesas, se vuelven parte de nuestra vida. “Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:14). “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29). La bendición de Dios está dirigida a la simiente de Abraham, y al ser nosotros linaje de Abraham, recibimos legítimamente este derecho y podemos disfrutarlo. Luego de clamar a Jehová en medio de su gran angustia, el Señor libró al pueblo de Israel de sus aflicciones; los sacó de las tinieblas y de la sombra de muerte, rompió sus prisiones.

Viendo todo esto, David exclama: “Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Salmos 107:15). Dios siempre quiere bendecir el trabajo de nuestras manos, pero primero desea poner en orden nuestra vida para que podamos disfrutar de Su prosperidad; por lo cual Su Palabra dice: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2).

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16 SEPTIEMBRE · HEREDEROS DE BENDICIÓN

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