“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

Dios siempre cuenta con el elemento humano para poder llevar a cabo su propósito. Jeremías fue uno de los más grandes profetas que el Señor levantó en la antigüedad.

Dios levanta a Sus siervos en momentos específicos, para confiarles responsabilidades específicas, con unciones específicas. Jeremías fue llamado al ministerio en el momento de la deportación de Jerusalén. El Señor sabía de antemano el ministerio que desarrollaría aquel profeta, pues ya había pensado confiarle un ministerio antes de su nacimiento, debido a que sólo una persona como Jeremías lo podía hacer.

Jeremías había sido elegido, separado y ungido como profeta a las naciones. Algo similar sucede en la actualidad, pues cada uno de nosotros, los que hemos creído en Jesús, vinimos a este mundo con una misión especifica. Pablo dijo que Dios nos escogió en Jesús, nos redimió, santificó y reveló Su voluntad, para que cumpliéramos Su propósito en este mundo (Efesios 1:4·14).

“Y yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande”. (Jeremías 1:6)

Jeremías sintió que no tenía la madurez suficiente para tomar la gran responsabilidad que se le estaba asignando; sin embargo, Dios lo alienta diciéndole: “Yo estoy contigo”, y con ello quería que comprendiera que las batallas espirituales el Señor las pelearía por él.

Luego le dice que sea fiel en comunicar todo lo que le indicaría, puesto que Él le daría el denuedo para que fluyera en la palabra.

“No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar”. (Jeremías 1:8·10)

Para la gran responsabilidad que el Señor le estaba confiando al profeta, este debería tener la plena confianza de que Dios lo respaldaría en todo. Además, toca con su mano los labios del profeta, para garantizarle que todo lo que saliera de su boca serían palabras ungidas puestas por el mismo Dios.

La palabra de un profeta está cargada de poder, su boca es como la boca de Dios, a tal punto que tiene la habilidad de mover la esfera espiritual, haciendo que legiones de ángeles tomen esa palabra y trabajen a fin de que ésta se cumpla.

Jeremías tuvo convicción de su llamado. Es fundamental tener la plena certeza de que es lo que Dios quiere que nosotros hagamos en este mundo. Recordemos que Jeremías también adquirió un total compromiso.

El simple hecho de saber que entre los miles de millones de seres que habitan en el planeta tierra, fuimos seleccionado por Dios para darle continuidad a Su obra, debería hacer surgir en nosotros un compromiso profundo con Él. Dios pudo haber escogido a otro, pero lo prefirió a usted. Por eso lo invito a que sin temor, haga la obra de Dios.

Jeremías tuvo un corazón quebrantado delante de Dios. Jesús dijo: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). El quebrantamiento es el mecanismo de protección más poderoso que pueda tener un creyente ante las diferentes adversidades que se le presentan durante la vida.

Jeremías recibió la unción. Esto equivale a experimentar la presencia de Dios de una manera permanente en nuestra vida, reflejándose claramente en lo que hablamos, enseñamos, oramos, emprendemos y en cada una de las personas que lideramos.

Vemos que el propósito de la prueba en la vida de Job era que él pecara con sus palabras. Él se mantuvo firme, guardó su corazón y sus palabras, prueba que lo llevó a conocer de manera personal a Dios y a experimentar una genuina conversión. Como él mismo lo expresó: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6).

Después de la prueba Dios lo bendijo sobreabundantemente. “Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job” (Job 42:10).

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16 OCTUBRE · DE LA AMARGURA A LA BENDICIÓN

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