Moisés ya se había adaptado a la vida en el desierto, posiblemente pensó que terminaría sus días en ese escenario, pues en ese lugar tenía su familia más allegada. Todo transcurría normalmente, hasta que fue sorprendido por la visión de una zarza que ardía y no se consumía, allí escuchó la voz del Señor que le dijo: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es’. (Éxodo 3:5).

Los pies son un prototipo de nuestra vida interior, y el calzado representa nuestra vida exterior. Lo que el Señor buscó cuando le dijo a Moisés que se quitara su calzado era específicamente que se despojara de su vieja naturaleza para que pudiera disfrutar de Su presencia.

Aquella ocasión cuando Jesús le lavó los pies a sus discípulos, Pedro se opuso, a lo que el Señor respondió: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”. Le dijo Simón Pedro: “Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le respondió: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos”. (Juan 13:7·10).

Todo aquel que haya sido lavado, aunque sea tan solo los pies, con la sangre del cordero inmolado de Dios, será limpio de la contaminación que trae el diario vivir en este mundo.

El apóstol Pablo dijo: “Y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz”. (Efesios 6:15).

Compartir del amor de Jesús con otras personas es un arma espiritual muy poderosa. El profeta Isaías dijo: “¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sión: ¡Tu Dios reina!” (Isaías 52:7).

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15 NOVIEMBRE · EL LIDERAZGO QUE TOCA EL CORAZÓN

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