El salmista dijo: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Salmos 139:7·12). David alcanzó una profunda comprensión acerca de quién era el Espíritu de Dios; posiblemente trató de medir a Dios, pero llegó a la conclusión de que Él es tan grande que lo llena todo y está presente en todo lugar. Cuando el rey Salomón dedicó a Dios el templo que había construido, expresó: “Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (1 Reyes 8:27).

Salomón pudo ver la grandeza de Dios y entendió que la tierra no era suficiente para sostener Su presencia. A través del profeta Isaías, el Señor declaró: “Jehová dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:1·2).

San Pablo en su discurso a los atenienses dijo: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos” (Hechos 17:24·28).

Siendo Dios tan majestuoso, grande y poderoso aceptó hacer del corazón del creyente Su propia morada, pues prefirió habitar adentro de nosotros en vez de vivir en un hermoso y lujoso santuario. El Espíritu Santo tiene las características de una persona, es decir, ama, siente, se entristece, se conduele y experimenta las mismas sensaciones de un ser humano.

Algunos piensan que a Dios no le importa lo que ellos viven, que tampoco le interesan sus problemas, pero están equivocados. El Señor Jesús dijo que así como el padre se compadece de los hijos, Dios se compadece de los que le temen. Por eso Isaías dijo: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9).

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13 JULIO · ASOMBRADOS ANTE LA MAJESTUOSIDAD DIVINA

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