Moisés sabía que si Dios no lo acompañaba el resto del camino sería imposible llegar con éxito a la tierra de Canaán. Si contando con la Presencia de Dios, el pueblo había cometido tantos pecados, saber que ya Dios no iría más con ellos significaría el fin. La vida en esta tierra es simplemente un peregrinaje; somos nosotros quienes decidimos emprender la carrera, tomados de la mano de Dios o si lo hacemos apoyados en nuestra humana sabiduría.

El Apóstol Pablo vivió algo parecido, pues en su vida había una lucha continua, así como sucedió con el pueblo de Israel donde la gran mayoría prefirió vivir en rebeldía contra Dios mientras Moisés decidió no dar un solo paso sin que Él estuviera presente dirigiéndolos en todo el camino.

San Pablo dijo: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:19·20).

Había llegado a un punto crucial en su vida; o se dejaba arrastrar por los deseos engañosos de la carne, o se determinaba a depender totalmente de Dios, y él prefirió depositar toda su confianza en el Señor, logrando llevar su naturaleza contaminada por el pecado a la Cruz del Calvario y dejarla para siempre crucificada juntamente con Cristo.

Fue lo que más le ayudó para desarrollarse en el ministerio que el Señor le había confiado.

La vida en esta tierra es como andar por un laberinto, pues si no tenemos a alguien experto que nos guíe, cuando abramos los ojos nos daremos cuenta de que los años pasaron y no hicimos mayor cosa para Dios. No obstante, cuando disfrutamos de Su presencia en nuestras vidas y sabemos que Él es quien nos guía a cada paso, nuestro peregrinaje será más agradable, pues el Señor nos rodeará de las personas correctas que nos traerán alegría y, de manera sobrenatural, nos mostrará el tiempo que Él predeterminó para nosotros y el lugar donde debemos estar.

Muy consciente de esto, Moisés pidió al Señor que le mostrara Su gloria como la señal de Su compañía, y Dios le reveló Su espalda. Para el Apóstol Pablo, la revelación fue más concreta porque Dios le dio la revelación de la Cruz y la entendió como pocos. Esto lo motivó a decir: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

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13 ABRIL · ANHELO POR SU PRESENCIA

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