Era una noche como muy pocas, un silencio sepulcral se paseaba por los jardines de Getsemaní y los discípulos de Jesús no pudieron vencer el sueño. Era la noche en la cual el traidor daría su estocada final. Aquel traidor llamado Judas había cambiado las perlas de las palabras dadas por Jesús, palabras que aseguraban su destino eterno, por unas pocas algarrobas de cerdos en forma de monedas de plata.

Vendió la confianza de Su Maestro, defraudó el amor de sus consiervos, corrompió su alma enceguecido por la codicia de unas riquezas sin fundamento. Pervirtió la sabiduría por unas pocas monedas, cerró las puertas de la salvación eterna por un deseo pasajero, se negó a la felicidad convirtiéndose en n instrumento del dolor, quiso apagar la luz de la redención por disfrutar del placer pecaminoso de la noche.

Hasta que una voz rompió el silencio de la noche, cuando Jesús en gran angustia clamó desde lo profundo de Su corazón: “Padre si es posible pasa de mí esta copa sin que yo la beba” (Lucas 22:42). Estas palabras del Señor estremecieron los cielos; hubo un silencio total que paralizó a los ángeles, que tal vez se preguntaban: “Si Jesús no lo hace, ¿quién lo hará?” Todos los ojos se volvieron al Padre en busca de una respuesta. En ese momento, llega un nuevo clamor: “Padre, ¡cómo deseo que me libres de este sufrimiento! Pero que no suceda lo que yo quiero, sino lo que tú quieres” (Lucas 22:42 TLA).

Aquella noche Jesús consolidó la redención de la humanidad, se fortaleció en su hombre interior y se determinó a avanzar hasta culminar con éxito Su misión, todo por amor. La angustia que Él vivió se exteriorizó a través de la sangre que brotó como sudor de Su frente; cada gota corría por Su rostro y caía en tierra. En medio de la angustia de la traición, brotó la sangre de la redención.

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12 SEPTIEMBRE · EL PRECIO DEL AMOR

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