El Señor Jesús sorprendió a muchos de los judíos que se jactaban de que Moisés les había dado del pan que llovió en el desierto por 40 años, cuando dijo: “No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”. (Juan 6:32·35). Y luego añadió: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él”. (Juan 6:53·56).

El Apóstol Pablo dijo: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. (1 Corintios 6:20). Jesús, también representó el árbol que endulzó las aguas amargas. “Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó”. (Éxodo 15:25).

Jesús representó la roca que mitigó la sed del pueblo. El Señor era aquella roca a la que Moisés le debía hablar para que brotara abundante agua, sin embargo, Moisés estaba tan enojado por las quejas del pueblo que no le habló a la roca sino que la golpeó. Por eso Pablo afirmó: “Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”. (1 Corintios 10:4).

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12 NOVIEMBRE · EL MINISTERIO DEL ESPÍRITU

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