“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. (Romanos 10:17)

Que impresionante escuchar a Pablo dar tremenda aseveración de lo que la Palabra de Dios hace en cada persona que la recibe con un corazón abierto y confiado, así como la fe de un niño. Exactamente eso fue lo que ocurrió en la vida del mismo apóstol Pablo. Después de tener aquel encuentro personal con Jesucristo, de una manera sorprendente, su vida dio un viraje de ciento ochenta grados. Pero por un momento pensemos ¿Cómo pudo pasar de ser un acérrimo perseguidor de los cristianos y convertirse en uno de sus más fieles defensores?

Creo que ese encuentro es una muestra de la bondad y la misericordia divina, pues Dios vio que ese celo religioso que caracterizaba a Pablo, era impulsado desinteresadamente pro defender con convicción y sinceridad las creencias judaicas.

El Señor como un padre amoroso no quiso anular la voluntad de Pablo, sino que decidió canalizarla por la senda correcta.

Aunque Pablo llegó a adquirir un amplio conocimiento teórico, le faltaba algo fundamental: conocer al autor de la Biblia. Fue así que camino a Damasco, Dios decidió revelársele, teniendo un encuentro que se prolongó por tres días. Allí el Espíritu de Dios le fue mostrando el valor de las verdades que él ya conocía, pero que aún no había logrado entenderlas.

Los ojos de su entendimiento fueron alumbrados, de tal manera que pudo ver que cada uno de los sufrimientos que experimentó Jesús ya habían sido profetizados, y que aquel hombre a quienes los máximos líderes del Judaísmo persiguieron y no descansaron hasta entregarlo en las manos de Pilatos para que este lo sentenciara a muerte, era el Hijo de Dios. De igual manera, entendió que la muerte no lo podía atar, sino que Él mismo la venció por el Espíritu de santidad que había en su vida.

Como él mismo lo expresó: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Romanos 8:35·38·39)

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12 DICIEMBRE · APODERÁNDONOS DE LAS PROMESAS DIVINAS

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