Jesús es el Verbo encarnado de Dios que siempre ha existido y existirá. Sabemos que en Jesús habita corporalmente la plenitud de la deidad, y es por eso que fue el Único que al expresar la Palabra doblegó todas las fuerzas adversas, calmando los vientos y los mares, echando fuera los demonios, sanando a los enfermos, liberando a los oprimidos del diablo y resucitando a los muertos.

Jesús tiene todo el poder del Espíritu Santo. Aunque el enemigo astutamente trató de sacarlo del propósito divino, sólo con confesar la Palabra de Dios doblegó y debilitó toda la fuerza del adversario. Jesús tuvo que enfrentarlo en Su condición de hombre, no como Dios, pues al venir a este mundo se había despojado de Su deidad. Aunque el Padre estaba de Su lado, Jesús tenía que experimentar Su propia lucha.

Legiones de ángeles estaban a disposición de Él, esperando tan solo una orden para doblegar cualquier poder de las tinieblas. Pero Jesús no quiso recurrir a ellos pues, al vencer al enemigo, nos estaba dejando el camino despejado para que nosotros pudiéramos vencerlo en Su Nombre. Porque basta con desatar la Palabra de autoridad para que Dios actúe a través de ella.

Cada vez que confesamos Su Palabra en fe y autoridad, se activa el ejército celestial, se movilizan los ángeles para trabajar a nuestro favor. San Agustín dijo: “Cristo no es apreciado del todo, a menos que sea apreciado sobre todo”.

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11 SEPTIEMBRE · LOCURA O PODER

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