El que habita al abrigo de Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente” (Salmos 91:1). Esta oración es un ejemplo poderoso de lo que puede acontecer cuando determinamos nuestro corazón para hacer de Dios nuestro total refugio. Algo que también debemos ratificar con nuestros labios. Creer en Su Palabra nos lleva a aceptar a Jesús como nuestro único Salvador y esto nos rescata del yugo opresor del adversario.

Nuestra vieja naturaleza queda colgada en el madero con Jesús y somos revestidos de una nueva naturaleza por la cual llegamos a adquirir la imagen de nuestro Dios y Salvador, y somos parte de la familia de Dios. De este modo nos cobijamos bajo la sombra del Altísimo, pues no hay nadie que esté por encima de nuestro Dios. El Señor se compromete a mover todas las esferas angelicales a nuestro favor. De esta manera nos librará del mal, nos cubrirá con Su gracia, nos protegerá con Su amor, nos dará seguridad con Su presencia.

El resguardará nuestra casa y nuestra familia, nuestras vidas y nuestros bienes con el poder de la Sangre de Jesús. Además, Sus ángeles tienen la responsabilidad de protegernos en todo tiempo. Podremos aplastar la cabeza de aquello que más temíamos y, cuando clamemos, Él nos responderá prontamente. 

Después de los cuarenta días de ayuno del Señor Jesús, vino el tentador pretendiendo que Jesús actuara por los impulsos humanos y quitara los ojos de la Palabra de Dios. Una de las frases que usó para darle consistencia a su artimaña fue tomada de un salmo: “Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden; y, en las manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra” (Lucas 4:9·11; Salmos 91:11·12).

Pero la respuesta de Jesús siempre fue de acuerdo a la Palabra de Dios: “Escrito está: No tentarás al Señor tu Dios”. La protección divina está muy ligada a nuestra obediencia a Su Palabra. Adán y Eva desobedecieron y salieron del paraíso, ellos mismos se apartaron de la cobertura y quedaron a merced del enemigo.

“Bendito sea Jehová, mi roca, quien adiestra mis manos para la batalla, y mis dedos para la guerra; misericordia mía y mi castillo, fortaleza mía y mi libertador, escudo mío, en quien he confiado; el que sujeta a mi pueblo debajo de mí” (Salmos 144:1·2). La roca simboliza protección, firmeza, seguridad, descanso. El salmista declaró que Dios era su roca. Mientras estemos en la tierra, libraremos batallas en el mundo espiritual, pues las fuerzas del mal siempre tratan de sacarnos del propósito divino.

Debemos ser sensibles a la voz de Dios que nos habla a través de Su Palabra, manteniéndonos en oración, para estar prevenidos de las artimañas del enemigo. El Señor Jesús dijo a Sus discípulos: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; pues el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41)

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11 OCTUBRE · ¡CUIDADO! LEÓN AL ACECHO

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