Años atrás me encontraba en una convención en la ciudad de México. Mientras estaba reunido con un equipo de pastores de aquella ciudad, en un pequeño salón VIP, tres de mis hijas estuvieron hablando con una joven, hija de un pastor que había asistido a la conferencia. Esta jovencita, de tan sólo dieciocho años de edad, había quedado inválida. Cuando mis hijas le compartían, sus corazones fueron conmovidos por su condición. Entonces, dos de ellas entraron a la sala donde me encontraba y me pidieron que orara por ella. Sin pensarlo dos veces, me acercaron hasta donde la joven se hallaba y me dijeron: “Papi, por favor, ora ahora por ella”.

Inmediatamente, toda la atención de la reunión se centró en esta joven. Me acerqué a ella, y por cinco minutos le expliqué cómo obtener la sanidad en su cuerpo. La joven comprendió cada palabra que yo le decía. Luego de guiarla a repetir una oración de fe, le di la orden de que se levantara y empezara a hacer lo que no podía hacer antes.

La joven, con bastante ánimo se levantó y comenzó a caminar. Todas las personas que se encontraban en el recinto quedaron maravilladas por la manera cómo el Señor responde a nuestras oraciones. También comprendí la gran compasión que había en el corazón de mis hijas, pues aunque la acababan de conocer, quedaron tan impactadas con su situación que se vieron reflejadas en ella, y pensaron si estuviéramos en su lugar nos esforzaríamos que mi papá orara por nosotras.

Esa compasión fue la que las movió, no a interrumpir la reunión, sino a enriquecer la fe de todos los que estaban allí presentes.

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11 MARZO · LA DERROTA DE LA ENFERMEDAD

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