“Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo” (1 Samuel 17:40).

La apariencia de este joven era similar a la de muchos jóvenes modernos de hoy en día: sin complicaciones, sin temores y amante de los deportes extremos. Claro, los que este joven practicaba no se pueden comparar en nada con los nuestros; él había medido su fuerza peleando con un oso, al cual venció; persiguió también a un león que quería quitarle una de sus ovejas y lo alcanzó. La aventura que le tocaba vivir ahora era enfrentarse a un gigante de casi tres metros de alto, quien además estaba fuertemente armando.

Algunos le preguntaban si en verdad lo iba a enfrentar, él afirmaba que sí pues ninguno del ejército del rey quería hacerlo. Decidió escoger sus propias armas, se fue a caminar por la orilla del río y a mirar las piedras que allí se encontraban.

Algunos del ejército se acercaban a curiosear para saber qué era lo que él estaba haciendo; él no se apuraba. Tomaba una piedra en su mano, la examinaba de una manera muy cuidadosa, le pasaba la mano para sentir cuán suave era; así hizo con cientos de piedras, algunas tenían buena forma pero estaban muy ásperas hasta que encontró la indicada, la miró y pensó: “Muy pronto te vas a dar a conocer, vencerás al gigante más temido de esta nación. Dios te ha preparado durante muchos años los cuales no fueron fáciles para ti, pero Él permitió que la fuerza del agua te golpeara y te arrojara vez, tras vez; llegaste a pensar que eras un fracaso, no te dabas cuenta que Dios te estaba formando y preparando para este tiempo. Mírate, ya no hay aspereza en ti. Desde hoy comienzas a formar parte de mi equipo…. No te emociones mucho, tengo que encontrar a otras cuatro muy semejantes a ti”.

Luego que logró reunir sus cinco mejores aliados, representados en sencillas piedras, fue y se presentó frente al rey. Al verlo, el rey le preguntó dónde estaba su armadura de guerra. El joven, alzó su pequeña bolsa donde tenía guardados a sus nuevos amigos y le dijo: “Aquí están”.

El rey pensó: Qué difícil es entender la juventud de estos días. “Ve joven, y que Dios te ayude”. Cuando David estuvo frente al gigante decretó con firmeza y seguridad todo lo que acontecería en los próximos minutos, y cómo éste sufriría su más grande derrota la cual repercutiría en toda la nación. Cada una de las palabras que él decretó, se cumplieron.

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11 JULIO · MÁS QUE VENCEDORES

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