1 DE JULIO · ENVIADOS PARA DAR ESPERANZA

Jennifer Bricker nos cuenta:

Mis padres adoptivos me enseñaron a nunca a decir: “no puedo”. Cuando crees que no hay límites empiezas a pensar que puedes hacer cualquier cosa que te propongas.

Cuando era pequeña, fui abandonada en un hospital por mis padres biológicos. En ese momento llegaron Sharon y Gerard, mis padres adoptivos, quienes me enseñaron a vivir una vida sin límites. Eso me llevó a soñar.

Fui inspirada por Dominique Moseanu, una gran gimnasta que me motivo a seguir sus pasos. Así tomé la decisión de ser una gimnasta. Al principio no fue fácil, pues las mejores deportistas tenían piernas, pero yo nací sin ellas.

Una deformación genética me quitó las piernas pero no me quitó la vida. Mis padres se propusieron criarme sin limitaciones, como también lo hicieron con sus tres hijos.

Una regla en casa era siempre que nunca podías decir: “No puedo”.

Comencé a prepararme cuando tenía 6 años, en una cama elástica que papá instaló. Al principio solo rebotaba sin ningún propósito, pero después de mucho practicar logré controlar mi cuerpo y mi técnica. Tiempo después ya estaba compitiendo y empecé a dominar la gimnasia profesionalmente.

En la secundaria fui campeona de gimnasia del estado de Illinois. También practiqué otros deportes como béisbol y basquetbol; siempre lo hice muy bien, nada me limitó.

Un día cuando tenía 16 años le pregunté a mi madre acerca de mis padres biológicos, sin embrago ella tenía mucho temor de contarme cuál era mi apellido.

Después de mucho insistir ella accedió y me dijo: “Tu apellido biológico es Moseanu”.

Yo sabía lo que significaba eso, que mi hermana biológica era Dominique Moseanu, la gran gimnasta que me inspiró a tomar ese camino. Quise contactarla y cuando lo logré, le envié una carta contándole mi historia y los papeles de mi adopción.

Para todos es muy importante conocer a la persona que te inspiró en tu infancia, pero el hecho de que fuera mi propia hermana me dio una gran lección de vida.

Jennifer agregó: “Mi vida sigue siendo marcada a cada instante por esa regla de oro que me enseñaron mis padres, “NUNCA DIGAS: NO PUEDO””.

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