San Pablo dijo: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:19-20). Había llegado a un punto crucial en su vida; o se dejaba arrastrar por los deseos engañosos de la carne, o se determinaba a depender totalmente de Dios, y él prefirió depositar toda su confianza en el Señor, logrando llevar su naturaleza contaminada por el pecado a la Cruz del Calvario y dejarla para siempre crucificada juntamente con Cristo. Fue lo que más le ayudó para desarrollarse en el ministerio que el Señor le había confiado.

La vida en esta tierra es como andar por un laberinto, pues si no tenemos a alguien experto que nos guíe, cuando abramos los ojos nos daremos cuenta de que los años pasaron y no hicimos mayor cosa para Dios. No obstante, cuando disfrutamos de Su presencia en nuestras vidas y sabemos que Él es quien nos guía a cada paso, nuestro peregrinaje será más agradable, pues el Señor nos rodeará de las personas correctas que nos traerán alegría y, de manera sobrenatural, nos mostrará el tiempo que Él predeterminó para nosotros y el lugar donde debemos estar.

Muy consciente de esto, Moisés pidió al Señor que le mostrara Su gloria como la señal de Su compañía, y Dios le reveló Su espalda. Para el Apóstol Pablo, la revelación fue más concreta porque Dios le dio la revelación de la Cruz y la entendió como pocos. Esto lo motivó a decir: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

Que hoy sea la oportunidad de agradecerle a Jesús por guiarnos en cada área y llevarnos a experimentar su presencia en nuestro diario vivir.

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9 MAYO · LA IMAGEN DE JESÚS

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