Si la Palabra de Dios se predica bajo la unción del Espíritu Santo es respaldada con señales y prodigios. De este modo, las personas sienten la convicción de pecado que les lleva a doblegar su corazón ante el amor y la compasión de Jesús. El Señor envió a Sus apóstoles a predicar, y les dijo: “Sanad enfermos, limpiad leprosos y resucitad muertos…” (Mateo 10:8).

No hay cómo transformar familias y ciudades si no es a través de la predicación de la Palabra, pues crea el ambiente de la Gloria de Dios. Por eso, cuando un lugar está saturado de la Palabra, allí también hay un mover celestial. El predicador es como un atalaya que tiene la capacidad de ver el peligro y advertir al pueblo para que no les alcance.

Nosotros tenemos la medicina para curar las heridas del alma y el cuerpo; tenemos la póliza más efectiva de protección total para las familias. Además, tenemos la unción de restauración para hacer que el corazón del padre se vuelva al hijo, y el del hijo se vuelva al padre; para que los cónyuges detengan toda ofensa y decidan perdonarse, viviendo bajo la paz y la bendición de Dios.

Si la Palabra de Dios mora en nuestro corazón será muy fácil comunicarla, porque dentro de nosotros se enciende un fuego que nada puede apagar. La única manera de saciar nuestro corazón es esforzándonos por predicar el evangelio estratégica y eficazmente.

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8 JUNIO · LA UNCIÓN PUESTA A PRUEBA

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