Jamás el Señor propondría a ningún ser humano algo que no pudiera alcanzar. No obstante, debemos reconocer que la meta que Él estableció para nosotros es demasiado alta, pues Dios no espera sólo una aproximación sino que nuestra meta debe ser la perfección total. Esto implica un tremendo desafío.

Ciertamente, desde el punto de vista humano no es posible que ninguna persona logre ser perfecta. Pero desde la eterna y perfecta perspectiva de Dios, sí podemos lograrlo, porque para esto contamos con la valiosa y permanente ayuda del Espíritu Santo obrando en nosotros.

En este sentido, el doctor Derek Prince comentaba: “Tomemos el ejemplo de la palabra redondo. Una cosa es redonda, o no lo es; si es redonda, entonces se trata de un círculo. Hay sólo una clase de círculo, aunque pueda tener distintos tamaños. Dios, el Padre, es el gran círculo que encierra el todo. Jesús no espera que tengamos el mismo tamaño de Dios, pero sí que tengamos Su carácter.

Usted y yo podemos ser círculos en el pequeño lugar donde Dios nos haya puesto con deberes aparentemente triviales, o que quizás requieran más esfuerzo físico, ya sea de ama de casa, o conductor, u obrero de la construcción, etc. Sin importar la responsabilidad que usted tenga o el talento que posea, en esas actividades es donde Dios quiere que sea un círculo perfecto, perfectamente redondo como ese gran círculo que encierra todo el universo y que es Dios, el Padre”.

Sin lugar a dudas, el Señor quiere que Su carácter se desarrolle en nuestras vidas. Pero debemos entender que para llegar a una madurez plena en Jesucristo se requiere fe, dedicación, consagración, esfuerzo y negación de uno mismo vez tras vez. Es un proceso a través del cual vamos aprendiendo a negarnos a nosotros mismos paso a paso.

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7 JUNIO · LA RECONCILIACIÓN CON DIOS

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