“No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18).

Demos a la familia el lugar que merece. Al hacer esto, nuestros hijos anhelarán servir a Dios junto con nosotros.

El propósito del matrimonio es que el carácter de Dios sea reproducido a través de la familia. Aunque Dios es un ser trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo; siempre están en perfecta armonía. Al establecer la familia, Dios puso Su carácter en cada uno de los miembros que la integran, para que tanto en el hombre, como en la mujer y los hijos, existiera también una plena armonía.

Cuando una familia rinde su vida totalmente a Dios, debe decidir ser guiada por Su Palabra, esto traerá como consecuencia una atmósfera de santidad que inundará completamente el ambiente de la casa.

El Señor necesita hombres y mujeres que marquen la diferencia, usando menos palabras y dando más ejemplo. De igual manera, es importante crear un ambiente propicio para el desarrollo espiritual de cada uno de los miembros de la familia. Debemos entender que el ambiente se genera a través de las palabras, actitudes, pensamientos y ademanes; sé que la clave para crear un ambiente propicio es el dominio propio.

Una palabra áspera o una actitud despectiva, pueden ser motivos para afectar todo el resto del día; en muchas ocasiones sus efectos se prolongan aún por años. Es fundamental que los padres aprendan a sembrar lo mejor en sus hijos, y de igual manera los hijos también lo deben hacer con sus padres. “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. (Gálatas 6:7).

Pablo nos recuerda lo importante que es la siembra y la cosecha. Esta verdad se puede aplicar con las familias, hijos y discípulos, pues lo que sembremos en estas personas será lo que cosecharemos.

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4 DICIEMBRE · PRINCIPIOS PARA DISFRUTAR DEL AMOR GENUINO

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