Todos los domingos al dirigirme a la iglesia tenía que pasar frente al estadio de fútbol, veía cómo las personas desde la mañana hacían largas filas para tener una mejor ubicación dentro del estadio. Uno de esos domingos, tuve una sensación.

Se despertó dentro de mí una gran compasión por esas miles de personas, que en su mayoría, no conocía de Jesús. Pensé, debería haber más asistencia de personas a la iglesia que a los estadios. Luego declaré: “Llegará el día en que reuniremos más personas en nuestra iglesia de las que se reúnen para una celebración deportiva”. Diez años después estábamos viendo esa declaración hecha una realidad.

Cuando un pecador se arrepiente, hay gozo en el reino de los cielos (Lucas 15:7). Aunque con frecuencia veo conversiones en el ministerio, siempre siento la misma alegría y la misma compasión. A cada momento advierto a mis discípulos que no pierdan la pasión por los perdidos y que, aunque en su ministerio hayan visto muchas personas siendo salvas, no caigan en la indiferencia y menosprecien la oportunidad de predicar a unos pocos. Jesús predicaba a las multitudes pero, en muchas ocasiones, se detuvo a compartir con una persona, enseñando que para Dios son importantes tanto una, como miles. Al Padre no lo impresionan las multitudes, sino la actitud del corazón, por eso siempre debemos tener un corazón compasivo.

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30 MARZO · CARGANDO AL AMIGO

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