22 DE AGOSTO · DETERMINADOS A SER SANTOS

Dios creó la primera pareja y los hizo santos. Él dijo: “… Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Génesis 1:26). La primera pareja fue creada sin mancha, pero el pecado los separó de Dios. Con la muerte y resurrección de Jesús, la santidad fue restaurada, por medio de Su sangre, para que todo creyente pueda vivir en santidad.

Uno de los significados de la palabra santidad es “huella”. Si usted deja un objeto en un lugar por mucho tiempo, verá que al levantarlo queda una marca. Algo similar sucedió con Moisés después de estar cuarenta días en la presencia de Dios. Cuando bajó del monte, todos la vieron, pues su rostro resplandecía a tal punto que el pueblo tuvo que colocarle un velo. Ese resplandor les recordaba que tenían que vivir en santidad e integridad.

LA SANTIDAD PRODUCE PUREZA

El apóstol Juan fue llevado en el espíritu al cielo y pudo ver la gloria de Dios. “Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir (…) los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono…” (Apocalipsis 4:8-10).

Cuando somos confrontados con la santidad de Dios, nuestro corazón se rinde completamente a Él y nuestro espíritu se abre para escuchar Su voz. El apóstol Pablo dijo: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros?, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? ” (1 Corintios 6:19). Dios no escogió un edificio en particular para vivir, sino su vida, porque usted creyó en Él. Dios quiere vivir dentro de usted, Él puede gobernar nuestros pensamientos, emociones, y deseos.

En la oración que Jesús elevó antes de ser entregado dijo: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Juan 17:17-19).

También es importante recordar la promesa que el Señor dejó, pues solo con la ayuda del Consolador podemos ser verdaderamente santos: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).

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