“Y cada uno de los de Israel decía: ¿No habéis visto aquel hombre que ha salido? Él se adelanta para provocar a Israel” (1 Samuel 17:25a).

Cuando visitó a sus hermanos en el frente de batalla, ya que ellos eran parte del ejército del rey Saúl, se dio cuenta de que no eran tan valientes como él pensaba. Los vio atemorizados ante el desafío de un gigante que provocaba a Israel con sus palabras sediciosas. La presencia de este hombre era bastante intimidatoria pues, además de su gran estatura, cerca de tres metros, se protegía con una coraza que pesaba alrededor de cincuenta y siete kilos; la punta misma de su lanza era de unos siete kilos.

Este corpulento hombre dedicó cuarenta días para desafiar al ejército del rey Saúl y para decirles que quería que una sola persona se atreviera a enfrentarlo, con lo cual el vencedor determinaría el éxito de la batalla. De esta manera logró intimidar a todo el ejército del rey Saúl.

Sin embargo, no sucedió lo mismo con David. No fue amedrentado porque no era parte de ese ejército. Había sido entrenado en la universidad de Dios, donde las pruebas, las luchas, la escasez, los continuos peligros vividos y los tiempos de soledad fueron moldeando su corazón. Esto lo llevó a depender por completo de Dios.

Saúl había hecho tres promesas al vencedor, y eran que el rey lo engrandecería con riquezas, le daría a su hija como esposa y eximiría a su familia de tributos en Israel (1 Samuel 17:25). David decidió enfrentar a este hombre y Dios lo respaldó en todo. Israel fue libre de la opresión del adversario.

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17 JULIO · LIBERADOS DEL TEMOR

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