14 DE JULIO · EL NOMBRE QUE ES SOBRE TODO NOMBRE

Leonardo da Vinci, el famoso pintor, estaba trabajando en una de sus obras más reconocidas, la de los Doce Apóstoles. Buscaba a alguien que le sirviera de modelo para pintar al Señor Jesucristo, alguien que tuviese la expresión de la paz, la alegría, la felicidad, la compasión y la misericordia. Después de una larga y extenuante búsqueda, encontró un hombre que llenaba todos los requisitos y lo contrató. Así, comenzó a trabajar hasta culminar en gran parte su obra. Tanto el rostro de Jesús como el de los otros apóstoles pudieron lograrse. Solo faltaba un rostro, el de Judas.

Le había tomado mucho tiempo obtener la expresión en los rostros de estos hombres que manifestara paz y alegría, y pensaba que tenía que hallar un rostro que simbolizara el fracaso, el dolor, el odio, la amargura y la sed de venganza. Un hombre duramente azotado por la vida, en cuyos ojos se vieran reflejados el odio y la maldad. Pasaron muchos años y no lo encontraba, pero seguía buscando. Fue por los lugares más bajos, por cantinas, tabernas, cárceles, hasta que en un lugar muy abandonado vio un hombre degenerado, demacrado, con la expresión en su rostro de todo lo que el artista buscaba. Lo contrató y se entregó a la labor de culminar su obra. En el momento en que el hombre vio el cuadro, comenzó a llorar.

Leonardo da Vinci le dijo: “¿Qué te pasa, por qué lloras?” Le dijo: “¿Ves el rostro del que está en el centro?” Dijo: “Sí, ese rostro representa el de Jesús”. Y respondió: “Qué ironía, yo fui el que posó y modelé para que usted pintara a Jesús y hoy me contrata para que sirva de modelo al traidor”.

Cómo se puede desfigurar una vida, cómo se puede desfigurar una persona. El mismo hombre que un día fue ejemplo de la paz y la ternura, tiempo después era ejemplo de la venganza, el odio, la perversión y la maldad.

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