13 DE JULIO · RECOMPENSA POR OBEDECER LA PALABRA

Mi esposa Lidia y yo estábamos en la Jerusalén judía cuando se materializó el estado del Israel el 15 de mayo de 1948.

Cuando se anunció la noticia, la ciudad estaba sitiada por cinco ejércitos árabes. Todo el estado de Israel, el día en que se convirtió en nación, tuvo la guerra declarada por parte de estas cinco naciones árabes circundantes. Dos millones de judíos tenían delante de sí a unos cuarenta millones de árabes bien armados que tenía la intención de empujar los judíos al mar y aniquilarlos. De hecho, poco antes de la formación del Estado de Israel, estábamos viviendo en un edificio en concreto en el centro de Jerusalén. Nuestra hija Elizabeth, que tenía sólo cuatro años, y era la menor, vino a mí y me dijo: “Papi, papi. Hay muchos hombres muertos en la calle”, me asomé por la ventana, y lo que vi corroboró mucho más allá de lo que ella me estaba diciendo.

En medio de esta grave situación, mi esposa y yo nos volvimos a Dios en oración. Estábamos orando juntos con el trasfondo de lo que le he contado. Sin querer parecer nacionalista o parcial, le diré lo que oró mi esposa. Le oí decir esto: “Señor paraliza a los árabes”. Un día, un grupo de jóvenes del Haganah, del ejército judío de voluntarios, estuvieron hablando con nosotros en nuestra sala y dijeron; “Miren, es increíble lo que sucedió.

Entrábamos en un edificio o algún otro lugar de enfrentamiento, y los árabes nos superaban el número. Están mucho mejor armados, y sin embargo parecía que no podían hacer nada. Es como si estuvieran para paralizados. Ese joven usó la misma palabra que Lydia había orado.

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