12 DE SEPTIEMBRE · NO MIRAR ATRÁS

“Homero y Langley Collyer nacieron a finales del siglo diecinueve de una pareja acaudalada de Manhattan. Homero se convirtió en ingeniero y Langley en abogado. Todo parecía ir de maravilla en la familia Collyer.

Fue entonces que sus padres se divorciaron, en 1909. Los chicos, que ya tenían más de veinte años, se quedaron en casa con su mamá. La delincuencia empeoró y el vecindario se deterioró. Homero y Langley se desquitaron escapando del mundo. Por razones que los terapeutas discuten, el dúo se aisló en la mansión que heredaron, cerraron las puertas, les pusieron cerrojo y tiraron la llave por casi cuarenta años.

En 1947 se sospechaba la existencia de un cadáver en su domicilio. La policía derribó la puerta. La entrada estaba bloqueada por una muralla de periódicos, catres, media máquina de coser, sillas viejas, partes de una prensa de uvas y un resto de cuerpo de Homero, sentado en el piso con la cabeza entre las rodillas y su pelo gris desgreñado que le llegaba a los hombros.

¿Pero dónde estaba Langley? Quince días de remoción de trastos produjeron 103 toneladas de chatarra. Candelabros de gas, un mesón de carpintería, el chasis de un automóvil viejo, un piano Steinway y por último, un hermano desaparecido. Los cacharros que había acumulado cayeron sobre él y lo mataron.

¿Mantienes bien guardado tu dolor? ¿Tienes empacadas las ofensas? ¿Llevas un registro de los desaires? No vivas con los escombros del ayer, ni te aferres a los desechos del pasado”.

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