12 DE MAYO · VIVIENDO EN EL ESPÍRITU

Bárbara y Regina Leininger de once y nueve años eran hijas de inmigrantes alemanes que vivían en la colonia británica de Pensilvania. Un día de otoño de 1755 dos guerreros indios irrumpieron en su casa y todo cambió para estás dos niñas. Su padre y su hermano fueron asesinados y su casa fue quemada por estos hombres que las secuestraron. Por fortuna, su madre y su otro hermano habían salido del pueblo ese día y no fueron capturados.

En medio de su cautiverio estas hermanitas prometieron jamás separarse y todas las noches cantaban una canción que les enseñó su madre hasta quedarse dormidas, esta decía: “Aunque me sienta solo, no estoy solo, aunque esté en soledad y tristeza, siento que mi Salvador siempre está cerca…”. Sin embargo, los indios las separaron. Tres años después Bárbara logró escapar y corrió perdida en el bosque durante once días, hasta que se encontró con oficiales británicos, que arreglaron el encuentro entre Bárbara, su madre y su hermano.

Pasaron seis años en que no tuvieron noticia de Regina; Bárbara se casó y empezó a formar su propia familia hasta que escuchó que 206 prisioneros habían sido rescatados. Bárbara y su madre buscaron a Regina entre los liberados sin ningún resultado, hasta que decidieron empezar a cantar: “Aunque me sienta solo, no estoy solo” y entre la gente escucharon a una joven que cantaba el himno que les dio fortaleza en medio de la prueba, era Regina, un poco diferente pero era ella.

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